Llevaba todo muy en orden: casa, independencia, cálculos, proyectos. No precisamente por que se caracterizara por ser una persona ordenada y disciplinada… Era como una suerte de crisis de edad media prematura: quería probar, en ámbitos fuera del líbido, que estaba en control de todo. Que podía.
Por supuesto, para todo lo que se quiere, se debe pagar un precio. Que se paga por el control? Disciplina. Abstención, regulación, pérdida de libertinaje y con ello la exploratoria que suele cubrirse en esos momentos. Pero… quien necesita descontrol?
Qué necesidad se tiene de enamorarse exponiéndose a otra persona que nunca se va a terminar de conocer, para ver cómo asume el compromiso de un sentimiento afectivo, corriendo el riesgo de que terminen sacando el corazón, cual si un ritual aborigen precolombino fuera, para ofrecerlo, a la deidad de atraer otra persona?
Para qué las discusiones estúpidas, chocolates, el cine, los perfumes, acicalarse, si al final y al cabo cuando una relación trasciende la parte del romanticismo, se retoma todo eso y la mayor satisfacción proviene del saberse tomado en cuenta sin necesidad de tanta matráfula?
Para qué planchar pieles que se van a arrugar, aplanar estómagos que se surcarán con llantas, cremas que lubricarán desiertos y velas que se desharán en horas? Es poco o más aburrido que los quehaceres de la casa: lavar platos para que se vuelvan a usar, limpiar pisos para que vuelvan a pasar, planchar ropa para que la vuelvan a arrugar. Una persona en control puede deshacerse de estas rutinas y explorar cosas nuevas, pensó…
En cierto punto, comenzó a costar tanto control. Se le antojaba sentir sin control, reír sin control, hasta la idea de llorar sin regulaciones parecía atractiva. Comenzó como una filosofía de epicúreos, pero aquello ya rayaba en ascetismo. Qué se hace con tanto ahorro en el banco si nunca se usa? Qué se paga por exponer el corazón? Solo hay una forma de saberlo. “Al toro por los cuernos”, pensó.
Decidió sacar a recibir el sol a su corazón, virginalmente intacto bajo el cuidado de su disciplina. Los curiosos aparecieron: algunos sentían que era muy extraño ver una antigüedad así de cuidada. Otros lo tocaban, pellizcaban, algunos escribían su nombre, o se llevaban un pedacito. Golpeaban para ver si lograban quitarle la coraza de aquella aleación que parecía metal, y descubrir que era… Lo descarapelaron.
Pero para la persona dueña, no importaba… Duraron siete días, media hora, y dos minutos en el proceso de desbaratarlo. Lo rayaron, dañaron y ensuciaron, hasta que el corazón tomó contextura de cascarón de huevo, y fue quebrado finalmente por algún transeúnte, aparentemente turista…
El propietario apareció con una paletita y barrió los pedazos rotos, y depositó en el basurero más cercano todos los restos. Viendo el basurero, suspiró, con una lágrima férrea y deshidratada. Algo de satisfacción le llenaba. Su plan funcionó. Se sacudió las manos y dijo: “Eso era el costo? Muerto el perro, se acabó la rabia”.
Y caminó avante, con y sin los homicidas transeúntes; con y sin el maldito tesoro del carajo que tanto le jodió la vida.